Mi Amado es único

 (Profeta Dámaris Marín)

La intimidad con Dios nos hace reconocer su voz y el toque de sus manos en nuestro corazón; nos hace estar en sincronía con su voluntad. Los frutos de esa intimidad serán siempre visibles, en nuestro carácter, nuestra vida y nuestro ministerio. 

Este evento de “Las Déboras“, en Miami, marcó mi vida en muchos aspectos, porque estuvo cargado de palabras, de enseñanzas simples y poderosas que aún sigo rumiando. Pero el tema de la intimidad con Dios, le dio cuerpo a una idea que hace tiempo rondaba mi corazón. No intentaré reproducir lo que escuché, pues de alguna forma usted tendrá acceso a las grabaciones del evento; pero sí tomaré de esa fuente para tocar el tema.

 Dice el libro Cantar de los Cantares: Mi amado es (…) señalado entre diez mil. (Cantares 5:10). Una mujer enamorada conoce a su esposo aunque se encuentre en un estadio lleno de personas, la intimidad va haciéndonos notar su forma de caminar, de reír, o incluso su forma de toser.

Con Dios nos pasa lo mismo. A medida que intimamos más con Él, mejor conoceremos sus deseos, sus puntos de vista sobre los temas y podremos conversar sobre las situaciones propias y ajenas. A eso se le llama intercesión. Me agrada la idea de que Dios quiere consultar con nosotros, sus íntimos, las decisiones que va a tomar.

Si eso le parece un disparate léalo usted mismo en Génesis 18:17-18, en el pasaje Dios demuestra su deseo de conversar lo que hará con su amigo, allí es donde Abraham aprovecha para interceder. Ese es nuestro Dios, el mismo que gustaba de pasear por el huerto del Edén para hablar con Adán y Eva (Génesis 3:8-9).

Ese tipo de intimidad trae un fruto visible. El Salmo 23: 5 dice que Dios nos honra en presencia de los que nos critican. En tres ocasiones, en el capítulo 6 de Mateo, Cristo nos dice que el Padre ve en lo secreto y recompensa en público.

Dios está hoy llamándonos a su intimidad, pero de nada nos vale estremecernos al sentir su voz, si no le vamos a abrir la puerta. No repitamos la triste historia de Cantares 5:2-7.

Yo dormía, pero mi corazón velaba. Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche.

Respondamos al llamado de nuestro Amado, sin importar gastos, protocolos o agendas

 Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar? Mi amado metió su mano por la ventanilla, y mi corazón se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado, y mis manos gotearon mirra, y mis dedos mirra, que corría sobre la manecilla del cerrojo.

Abrí yo a mi amado; pero mi amado se había ido, había ya pasado; y tras su hablar salió mi alma. Lo busqué, y no lo hallé; Lo llamé, y no me respondió. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad; me golpearon, me hirieron; me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros.

Respondamos al llamado de nuestro Amado, sin importar gastos, protocolos o agendas. No dejes que al final del día tu alma te recuerde aquel momento en que tuviste un inmenso deseo de orar… y no lo hiciste.

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